El Sobaco Ilustrado: crónica y defensa freakista

13.09.2024

Gracias al escritor y docente Sebastián Hacher por una hermosa cursada; a mis compas, por la misma razón. Un lujo estar presente en esa pequeña olla donde se cocieron grandes historias.

Y por supuesto: gracias a Flor.

Un trabajo para la materia Taller de Crónica. 

Universidad Nacional de las Artes

Pública, inclusiva, de calidad.


Introducción


Breve texto sobre una librería de usados sanmartinense de la que soy asiduo, y su dueña, imanes por partida de doble de personajes pintorescos. El foco estará, además, en las historias que fue recolectando en sus años de peripecia buscando joyas empapeladas. Hay un componente casi panfletario detrás de esta crónica, que no sabe ocultarse demasiado: la literatura como algo que solo tangencialmente se vive en los libros, pero en primerísimo orden, lo hará en este caótico e inapresable mundo, como lo demostrará tanto su vida como la de los seres inverosímiles que ha cruzado. Se convertirá en una apología del freak.


Ministra y Ministerio


Verás que la librería tiene unos cinco metros cuadrados, cubiertos con una mano de naranja que le confiere, analógicamente, calidez de sol. Al fondo el escritorio, soportando la notebook y el mate con su termo. En un costado los parlantes suelen tener gusto a Pez, a ruso Lebón, a reggaes que Florencia conoce como los secretos celosos de un gremio. Arriba Juanele, Peri Rossi, Arlt, Cortázar y Sábato vigilan en cepia a los libros, a esos cientos de reyes que viven, oh milagro, en un mismo castillo.

Se llama El Sobaco Ilustrado y queda en La Crujía al 3272. Llegarás pateando pocas cuadras desde la estación de San Andrés. Tan bien plantado está en la República Separatista de General San Martín que candidatea para Ministerio de Cultura, una vez dada nuestra gesta independentista. Aunque no la tiene fácil: bendecido con los natalicios de José Hernández, Virginia Lago y Jorge Corona, entre otrxs, Sanmar tiene muchos nidos bullentes de artistas y demases freaks. Serán estos últimos, muy imantados al que nos ocupa, los que coprotagonizarán estas páginas, hechas para intentar probar que la vida poética nunca fue genio atrapado en mínimas lámparas de papel tapa dura o blanda.

Estas alimañas de suerte ambigua necesitan donde acobacharse, ante tanto ello y tantísimo superyó dando vuelta. Es ahí donde los cafés, los antros y las librerías se ofrecen para su anti hibernación: calorías y masa que ganamos no por la quietud, sino por el agite fruicioso, sea de la lengua, sea del ojo lector. No queda otra que tener el lujo de conocer a Florencia y a su culta axila de cemento.

Lleva bien curtido su oficio, en horas y horas pateando bodegones mohosos compaginados con puestos de diarios y casas de muertos recién estrenados en eso de la muerte, cuyos sobrevivientes rematan tesoros a precio vil. Regatear con los cartoneros entusiastas le sale particularmente bien, según constaté en vivo y en directo. Una vez concluidas estas y otras faenas, vuelve a su cueva amarilla a sopesar los kilates, numerar y fotografiar. Finalmente, los posteos en Instagram: un miren lo que encontré figurado, aullido de cacería exitosa que atrae al cardumen bohemio.

Entre mate y bizcochitos, Flor se lame las antenas (los estambres, de hecho, como buena florescencia) por estar en el presente y en el futuro; a no confundirse en que el libro usado es necesariamente viejo o que hay un culto nostálgico al pasado. Admira a Juan Solá, a Nina Ferrari, a Martín Kohan y a Sergio Bizzio en el mismo gesto sutil con que manda al academicismo y su naftalina, boleto pago, a la loncha de la cora. Está buscando a quienes pasarán «la línea de tiempo» según sus palabras, y atestiguar ese paso. Despellejadas, mejor que despejadas, te quedarán las dudas sobre su cronopismo.

El tiempo de la carroña ya no existe: no hay competencia entre libreros, sino una cofraternidad, como lo prueban la FLU (Feria del Libro Usado) y la FED (Feria de Editoriales Independientes). Sola se dictaminó una equitativa distribución de la riqueza, como cuando arrojaron a la calle la biblioteca de Jorge Cruz, traductor al francés, jurado del Premio Kónex en su edición de 1984 y que, gracias al trabajo de Antígonas como ella y otrxs que se contactaron entre sí, sus libros recibieron mejor ceremonia, incluida la posibilidad de levantarse y andar, lázaramente, en los ojos de posibles nuevos leyentes. Gatos ladinos, generosos cuadrúpedos de veintinueve vidas, la iniciaron en los subsuelos donde proliferan los hallazgos, las ediciones únicas de Dante y T.S Elliot. Ella declara y agradece:

«El secreto de este oficio no es la venta, sino la compra. Y hay un punto en el que alguien te tiene que dar una mano y llevar a ese mundo, porque sino uno queda girando en circuitos, en galpones, en parques… Donde se consigue el mismo material o material muy clásico que puede tener cualquier librero.»

El libro usado sobrevive y más aún, hipervive debido a su sensorialidad ante los avatares tecnológicos: ella sabe y me ilustra en que su perfume avainillado, desprendido de las páginas percudidas cual si fueran carne en estado de descomposición, nos atrae. Ni hablar de las notas al pie de otro, quizá lejano, quizás fallecido, ahora en nuestras manos, o la posibilidad de fraguar un coleccionismo…

No nos adelantemos: al contrario, volvamos a cuando fue empleada de grandes cadenas libreras y oyó el ruido de rotas al descubrir que estas se sostenían en libros de morondanga, siendo los otros, los buenos libros, los librazos, mera excusa. Con el tiempo, y no pudiendo con los nuevos, dada la esquizofrenia con que les ponen precio, fue hacia los usados. Y el amor.

Con su algo de hermana mayor encima, y el pelo ido en dos torrentes castaños, se ríe —otro oficio que curte— para contarme fábulas ciertas.

Freakario leve


El primero apareció, no el primer día, como correspondería a un ordenamiento lógico, sino en los anteriores a la apertura. Respondió al nombre de Flavio y, como si esperara su guión de diálogo teatral, espetó a la vidriera cerrada:

  • ¡Pellízquenme! ¿Esto es real?

Flor, acomodando desde el otro lado, tuvo que frenarle la manija:

  • Todavía no abrimos: venite el domingo primero de mayo.
  • ¡Quiero entrar igual!

Logró convencerlo. A la contra del descanso proletario, Flor inauguró su librería, y el personaje pellizquero, por supuesto, opuso a la desobediencia sobaca la suya propia, apareciendo días después. Se hizo muy querido: según los decires de Flor, un lector serial. Charlero profundo, Flavio sapientísimo y recomendador a otros puestos en el centro, su nombre es contraseña para atraerse el contento de otros negociantes del libro. «Vengo de parte de Flavio…»

El último hallazgo fue una familia de cinco: madre, padre y tres pibes en sus veintenas. Tanto leen que decidieron autorregularse en familia: no más de cuatro libros al mes para cada uno. La matriarca tuvo a bien explorar la zona recién hallada y fotografiar muestras para el resto: fantasía para la juventud, historia argentina para el dorima, literatura por países para ella (en esa ocasión fue México; de ahí bajará hasta el pago). Compro los cuatro libros para todos y se fue.

A los cinco días volvió.

Mientras Flor cuenta su payada, El Jefe la nimba; porque hay un retrato más, pero encima de su biblioteca más exquisita, puesto igual de cepia que los demás, detrás suyo y con la cara de un tipo que le mandonea el corazón: Juan José Saer, cuidado por un elefante hindú y un felino egipcio. Prosigue:

«Recuerdo una historia: era un matrimonio que tenía una biblioteca. Pude encontrar los libros que se dedicaban mutuamente, con todas las dedicatorias. Se llamaban Adriana y Jorge: Adriana era una persona muy formada en la literatura, y Jorge no. Ella lo guiaba, lo metía en las lecturas clásicas, y en las dedicatorias él le agradecía. Ambos fallecen con un corto período de diferencia.»

Como pinzas, los tesoros encontrados por Flor se aferran a extraños señaladores: hojas y flores resecas; tarjetas de navidad de hace sesenta años, con puño y letra de personas extrañando en el exterior las medialunas porteñas; boletos antiguos de lotería y del bondi; recibos de la Confitería El Molino; quinientos pesos que alguna vez fueron ahorro escondido y hoy son nadería; almanaques del año en que ella nació; cartas, como la de Victoria Ocampo y Ángel Battistessa al ya mencionado Jorge Cruz; hasta negativos de fotos que resultaron ser eróticas, atrevidas y deliciosas de alguna pareja audaz, ¡Según descubrimos in situ! Los libros, amigueros como son y apretando las ancas, lo daban todo para esconder estos talismanes.

Flor vio asistió sin querer al nacimiento de una cronopia: en la feria del año pasado, celebrada en nuestra plaza mayor, una chica de quince años, del palo del animé, quiso comprarle a Mishima, vaya a saberse por qué investigación o juego de resonancias. ¡Mishima! Flor pidió autorización a su madre para que entrase a ese cosmos difícil, duro, orgulloso como el mismísimo Shinto imperial, y esta firmó en el aire un sí. «No importa como entres a la literatura; importa que entres.»

A este corral lleno de hermosas alimañas le faltan chivos: entonces pongo unos tremendos, que son más librerías ballesterenses, aliadas pues, como referí antes, el tiempo de la carroña ya no existe. Ellas son Arkhé (Matheu 3510 – Ensayo, filosofía, diversidades) y Los Confines (Profesor Agüer 4757 – También funciona como editorial y centro cultural La Bemba) con mención especial para Juan de LyL (Bartolomé Mitre 3966 – Usados en general), maestro de Flor, por su enorme cilindrada y por arrancar en Parque Rivadavia, echado durante la Dictadura y que supo regresar, para luego venirse hacia estos lares.

De aquí se independiza una subtribu bohemia: esa que se dedica a conformar bibliotecas sobre un tema específico. Flor es puente para esos deseos. Me cuenta de un músico, Julián, que está armando «una gran biblioteca sobre folklore» que acuna inconseguibles tomos de Violeta Parra y Atahualpa Yupanqui, entre otros. También de José, un académico peruano que fue víctima de una flecha celestiblanca, olorosa a mate amargo y fulbo, que lo enamoró de la Argentina, y ahora acumula nombres notables de nuestra paisanada.

Qué decir del que bautizó este recinto:

«Desde la secundaria que veníamos leyendo. Éramos chicos de José León Suárez, un barrio muy humilde. Hubo una persona muy importante en mi vida: Jeremías Graf. Siempre iba muy bien vestido, de traje, con libros abajo del brazo. Por supuesto, lo bullyneaban, le gritaban cosas en la calle. Sin embargo, él se mantuvo siempre igual. De hecho, es igual: al día de hoy lo vas a ver con traje y libros bajo el brazo. Un día me dijo: "me gritan cosas: qué hacés universidad, qué hacés saquito de té… pero yo soy un sobaco ilustrado" y quedó como un chiste, porque los adultos nos decían eso también: como que íbamos con los libros pero no leíamos nada, entonces lo que se ilustraba era el sobaco»

Entre tanta tipeja y tanto tipejo, no puedo dejar de preguntarme si no soy parte de este circo sutil. Flor sabe que soy el que lleva un metejón de aquellos con las mitologías, con la magia, con Laiseca, Hölderlin, Blake… el que llegará agitando su poquedad de billetes ante la foto que me mande de aquellos amigos muertos que tengo. Con este loco pudo hacer un mínimo pero inverosímil negocio vendiendo sus tomos completos de la teósofa Helena Blavatsky. Reclamo mi pertenencia, pero entraña adentro, porque Flor ya guarda la guitarra metafórica y me cuenta que, empujada por esta actualidad de desguaces, volvió a Dickens con su Tiempos difíciles (novela que transcurre en Coketown, hoy fácilmente traducible a Pueblo Falopa, nombre alternativo a nuestro 2024) y complementa con Tomás Catena, camarada surero y cuentista, que pasará pronto por el ministerio naranja sol a presentar su libro Una absurda oportunidad.

A todo esto...

¿Qué corno es exactamente un freak?

Podría decirse que esta variante de lo humano es la que más se preocupa por los segundos que encuentra para sí, y quiere hechizar cuantos pueda de estos, por si los que vienen le son amargos. Son las, les, los que tienen el duende de Lorca, el daimon de Sócrates, el ángel de Rilke, cuanto sinónimo encontremos a esa fuerza natural, intuitiva, jugosa de tan juguetona, para que cada quien sea cada vez más lo que es y persevere en este su devenir. Conato spinoziano (y un poco espinoso, ya que estamos, como la autodefensa puercoespina), o misterio resbaladizo a toda lógica llevando a, indefectiblemente como un hado o destino, lucir la ropa, las palabras, los movimientos, las actitudes y los credos que nadie más lucirá o al menos, no en esa misma intensidad, por más castigo o amparo haya afuera, en el lecho social de Procusto, el quedirán, la inexpugnable isla del otrx, que ante tales, el freak solo puede optar por pasarse, todo esto, por el meridiano anal de Greenwich. Tal como hizo el buen Jeremías, sordo a la malicia.

Las gentes con el alma abohemiada, en un entorno que aunque sea simbólicamente, les es hostil, y medio como el yuyo pampero o la flor de la Santa Lucía, se aprietan en su ser. Mejor todavía: donde todo apuntaba a la repetición o lo homogéneo, crean algo más. Esto pasa cuando vemos a alguien —a Flor, por ejemplo— leyendo en el bondi o el tren, contra viento y marea sonora, entre sacudones, entre griteriales. Si la hostilidad la inyectan jotuns más voraces, digamos la yuta mental del bullying, la suerte material esquiva, el zeitgeist del superficialismo virtual, el hambre y odio que te proveen los rancios timberos financistas de siempre, la inevitabilidad de la muerte incluso… A todo esto la cronopiada responde apretándose con más duende en su locura linda, en la lentitud de su libro amado.

El freak tiene algún chorro de su sangre heredada de los magos, las brujas, les videntes... Y acaso sea un estado larvario para ese otro, una vez rota la camisa de fuerza civil. Un viejo amigo me recuerda que el Loco tarotesco (0) es en efecto anterior al Mago (1).

«Una pregunta recurrente que me hace la gente que no es lectora es:

- ¿Y vos qué haces?
- Vendo libros usados.

Ya me miran con cara rara. Después me repreguntan:

- ¿Y la gente lee?
- ¡Ay si supieras, es un mundo tan grande y tan hermoso!»

Este circo está siempre abriendo su carpa, más y más; apenas lechuceamos un poco de su biodiversidad encantada. Quede este texto, pues, como una tímida y barroquienta pinchazón para que sigan averiguando qué se cocina por acá. ¡Vengan! Crucen el charco si parten de Capital, o vengan a patín si se aquerencian en este hermoso cordón del conurbano, cordón soberano que no precisa zapatilla. ¡Mientras vengan! Frótense la vida contra las paredes naranjas, déjense recomendar por la ministra, garrapateen los dedos por los libros y llévense uno o veinte para casa. Y bien saben en qué parte del cuerpo deben llevarlos

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